Galería de Personajes Ilustres

Tras siglos de nobles guerreros, esforzados indianos, hombres y mujeres sabios en las cosas de la vida y la subsistencia en un medio agreste y rudo, Cabuérniga también ofreció al mundo ilustres personajes en los campos de las Ciencias y las Letras españolas.


Varios nombres destacan por encima de todos: el científico Augusto González Linares, el pensador Elpidio de Mier, y los escritores Delfín Fernández González, Manuel Llano Merino y Gervasio González de Linares.


AUGUSTO GONZÁLEZ DE LINARES

Augusto Gómez de Linares

Destacado científico naturalista y miembro de la Real Sociedad de Historia Natural de España, fue también uno de los impulsores de la Institución Libre de Enseñanza. 


Nació en Valle de Cabuérniga el 28 de octubre de 1845, donde su padre desempeñaba el cargo de notario. En Valle asistió a la escuela junto a sus hermanos, pero a los diez años marcha a estudiar al Colegio de los Escolapios de Villacarriedo. Allí permanece tres años, hasta 1858, cuando ingresa en el Instituto de Santander, donde estudia dos años más, en ambos casos con un expediente académico sobresaliente, tanto en asignaturas de ciencias como de letras. 


En el curso 1861-62 ingresa a la vez en la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y en la de Derecho de la Universidad de Valladolid. Pero en el curso 64-65 se traslada a la Universidad Central de Madrid, donde finalizará sus estudios. Es allí donde conoce a Francisco Giner de los Ríos, entonces catedrático de Filosofía del Derecho, quien advierte sus especiales cualidades, convirtiéndole en su discípulo predilecto, y aconsejándole que se dedique a las tareas científicas en lugar de al Derecho. 


En 1866, con 21 años, ya es ayudante interino de Mineralogía y Geología en el Museo de Historia Natural de Madrid. Su primera aparición pública tiene lugar en el Ateneo de Madrid un año más tarde, cuando imparte una serie de conferencias sobre Goethe. Ese mismo año es nombrado catedrático sustituto de Historia Natural en el Instituto de Noviciado de Madrid, consiguiendo después por oposición la cátedra de Historia Natural en el Instituto de Albacete, que no llegaría a ocupar al ganar la de ampliación de Historia Natural en la Universidad de Santiago de Compostela, cargo que ocupa en 1872.
En Santiago adquiere gran renombre entre sus alumnos, tanto por su manera de impartir la asignatura, con gran rigor y calidad, como por la defensa pública de las teorías darwinistas. Pero destacaría aún más al ser uno de los protagonistas de la llamada Segunda Cuestión Universitaria, en 1875, al defender la libertad de cátedra y pensamiento frente a los ataques gubernamentales durante la Restauración, tratando de controlar los enfrentamientos al dogma católico y a las instituciones del gobierno. González de Linares y el catedrático Laureano Calderón enviaron un escrito al rector de la universidad manifestando su desacuerdo y pidiendo libertad de expresión. Por ello se les abrió un expediente y fueron destituidos de sus cargos en abril de 1875. Ello motiva reacciones de apoyo por parte de otros catedráticos de la talla de Giner, Salmerón, Azcárate o Castelar, que traen como consecuencia el destierro de Giner de los Ríos. Por protestar esta medida tan drástica contra Giner, Linares y Calderón fueron internados en el Castillo de San Antón de La Coruña.


Este paro forzoso impuesto por la separación de la Universidad, es aprovechado por González de Linares para completar su formación como naturalista, haciendo varios viajes al extranjero que compagina con trabajos de campo en su comarca, descubriendo así la existencia del Weáldico en la zona del Besaya. Los resultados de su descubrimiento son publicados en la “Revista de la Real Sociedad de Historia Natural” y en el “Boletín de la Institución Libre de Enseñanza”, aparecido en 1877. 


En 1881, coincidiendo con el cambio de tendencia en el gobierno, es repuesto en su cátedra. Su destino va a ser la Universidad de Valladolid, pero para entonces ya ha madurado la idea de dedicarse a la biología marina y crear un laboratorio en España de esta especialidad, ya que ha conocido algunos en sus viajes y es consciente de la importancia que tienen en los estudios de las Ciencias Naturales. Siguiendo esta idea, es comisionado durante dos años para estudiar la flora y la fauna de algunos laboratorios extranjeros, en los cuales se va familiarizando con los modernos métodos de investigación que pretende aplicar en España. Su creciente interés en esta idea coincide con el desinterés cada vez mayor por una enseñanza oficial basada en explicaciones rutinarias y en la falta de rigor científico, lo que –unido a una afección de garganta que le impide impartir clases- le hará abandonar definitivamente la docencia durante el curso de 1886-87.


Esa decisión coincide con un decreto de 1886 para la creación de una Estación Marítima de Zoología y Botánica Experimentales. De nuevo, es comisionado para estudiar el funcionamiento y la organización de la Estación Zoológica de Nápoles, como modelo de la que se pretendía implantar en nuestro país. Al año siguiente, explora el litoral de las costas del norte de España buscando un lugar óptimo para su emplazamiento, todo ello con la coyuntura favorable del Ministro de Fomento, Montero de los Ríos, ligado al igual que él a la Institución Libre de Enseñanza. González de Linares redacta en Valle un informe basado en consideraciones científicas, como las condiciones de la costa desde el punto de vista oceanográfico o la proximidad a la fauna profunda, por las que se decide por la ciudad de Santander.


La puesta en marcha de la Estación Marítima de Zoología y Botánica Experimentales no fue inmediata, ya que a la escasez de la dotación económica necesaria se unía la falta de una ubicación definitiva. Hasta 1887 no se cubrieron los puestos de director y ayudante, que recayeron en el propio González de Linares y en José Rioja. No va a ser hasta 1907, ya muerto González de Linares, cuando se ubique en el solar actual, convirtiéndose con el paso del tiempo en el Museo Marítimo del Cantábrico. 


Esta pionera Estación de Biología Marina fue un modelo de experimentación que desempeñó un papel fundamental en la preparación de los futuros naturalistas españoles, que conocían de manera directa la fauna y flora de los mares y costas para su estudio, además de preparar colecciones científicas destinadas a los centros de enseñanza. 
Decía de él José Zumelzu en “De Cantabria”: “...porque las gentes le ven en su casa del Sardinero engolfado en sus estudios de biología marina, manejando sin cesar el microscopio para indagar hasta el menor detalle del organismo de un molusco, o metido en el agua para arrancar de su fondo aquellos soberbios y extraños ejemplares, de espléndidas formas y rutilantes colores, que muestra luego a los amigos que a visitarle llegan, con el orgullo del que ve cumplido el fin de sus tareas de cada día,”. 


Pero Augusto González de Linares no sólo destacó como gran naturalista, pues fue también uno de los impulsores de la Institución Libre de Enseñanza, que propugnaba los mismos valores para la educación que él defendía. Fue la casona de la familia González de Linares, en el pueblo de Valle, el centro de reunión de personajes como el propio Giner de los Ríos, Posada Herrera, Salmerón o Segismundo Moret, sin olvidarnos de Gervasio González de Linares, hermano de Augusto. Giner de los Ríos mantenía una estrecha relación con Augusto desde su época estudiantil, pero también con su hermano Gervasio; en su casa de Valle pasó grandes temporadas debido a su mala salud. Giner de los Ríos decía de Augusto que era en su época “el espíritu de mayor amplitud y penetración para el cultivo de la filosofía de la naturaleza de España”.    
En la casa familiar de los González de Linares, en Valle, en agosto de 1875, coincidiendo con la época de la Segunda Cuestión Universitaria, se reunieron Giner, Salmerón y Ruíz de Quevedo con González de Linares, y en aquella reunión se gestaron las bases principales de la Institución Libre de Enseñanza, de la que Augusto será profesor y colaborador. Incluso Giner, impresionado por el paisaje de Cabuérniga, pensó establecer aquí una de las colonias escolares que impulsaba la Institución, aunque al final sería San Vicente de la Barquera, por su proximidad al mar, el lugar elegido, donde las colonias empezaron a funcionar –con gran éxito- a partir de 1877.


González de Linares también destacó en otros campos tan diversos como la Botánica, la Paleontología o la Prehistoria, siendo uno de los pocos que defendió la autenticidad y antigüedad de las pinturas descubiertas en Altamira por Marcelino Sanz de Sautuola y su hija María, y uno de los primeros que las visitó en 1880. En 1902 Bellas Artes le dirige un oficio para que dictaminara acerca de la importancia de la cueva. Pero no se limitó a Altamira, ya que exploró otras cuevas con yacimientos como la del Salitre o la de Oreña.


En 1901 fue nombrado catedrático numerario de la Sección de Ciencias Naturales de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central, formando parte a la vez de la Junta del Museo de Ciencias Naturales. Murió el 1 de mayo de 1904, en Santander, debido a una pulmonía doble. Su entierro, de carácter civil –acorde con su pensamiento-, suscitó una gran polémica en la prensa de la época.

 

ELPIDIO DE MIER

El escritor y religioso Elpidio de Mier nació en Sopeña en 1865. Ingresó en la orden de los Capuchinos y enseñó Teología en León. En 1894 marchó como misionero a Venezuela, pero cinco años más tarde abandona la orden y regresa a España. Desterrado de Madrid (donde ejercía su ministerio en Villarejo de Salvanes), por su enfrentamiento con el también cabuérnigo Cardenal Cos –que llegó a excomulgarlo-, comienza a trabajar con Augusto González de Linares en el Laboratorio de Biología Marina. Allí permaneció seis meses, pero tuvo que abandonar por las represalias que se tomaron contra el laboratorio. 


Tras este hecho, emigra a Puerto Rico, donde contrae matrimonio. De acuerdo con su espíritu inquieto, convivió con el protestantismo y la masonería, abandonando ambas corrientes por disidencias con sus métodos, así como con el republicanismo. Siempre mantuvo una postura crítica ante la sociedad, defendiendo siempre la libertad de expresión, pudiendo definirse como librepensador y republicano.


A lo largo de su vida, escribió unas treinta obras, desde la poesía hasta el ensayo, siempre dentro de su corriente de pensamiento. En poesía destacan “El bardo cántabro” de 1899, “Porciúncula” de 1893, “Bromas ligeras” de 1920 y “Lírica de las Españas”, de 1927.


En prosa, destaca “Pensando en España” de 1906, un conjunto de poesías, estudios y biografías –fue el primer biógrafo de Augusto González de Linares-, “Montañeses ilustres” de 1914, y “Rompiendo el molde” de 1923.
Elpidio de Mier falleció en Ponce (Puerto Rico) en 1939.

 

DELFÍN FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ

Delfín Fernandez

El escritor Delfín Fernández y González nació en Sopeña en 1871, y puede considerarse como el maestro de Manuel Llano, ya que éste iba con frecuencia a la casa de su madrina Teresa, hermana de Delfín, y en su biblioteca pudo hacer sus primeras lecturas. Incluso debió ser el propio Delfín quien le ayudara a introducirse en los círculos periodísticos donde publicó la mayor parte de sus obras.

La obra de Delfín Fernández puede situarse en la línea del costumbrismo que había inaugurado en la región José María de Pereda, como se aprecia con nitidez en su primera obra, “Cabuérniga. Sones de mi valle”, de 1895, donde describe el paisaje y las costumbres tradicionales cabuérnigas, con austeridad y poesía, pero siempre con un sentimiento de añoranza de un mundo que se va perdiendo pero que él desea preservar. 

En el año 1900 publica “Pos veréis”, y al año siguiente la novela “El riñón de la Montaña”, además de otra obra “Alternando”, de 1906, y numerosos relatos.Pero su obra más conocida no es de temática costumbrista, sino sobre arte y arquitectura: “Las catedrales de Europa”, publicada en dos volúmenes entre los años 1910 y 1914, fruto de sus viajes por Europa, en los que analiza técnicamente los templos catedralicios europeos más importantes.

Delfín Fernández y González murió en su casa de Sopeña –construida en el lugar donde estuvo la casa natal de Manuel Llano- en 1955, a los 84 años.

MANUEL LLANO MERINO

Manuel Llano es uno de los grandes escritores cántabros, pero su obra es aún hoy una gran desconocida. Baste decir lo que Gerardo Diego opinaba de su obra:“si estuviera escrita en inglés o ruso, hoy sería popular y admirada en todo el mundo.” 

Manuel Llano nació en Sopeña el 23 de enero de 1898, hijo de un matrimonio de campesinos. Su infancia pasa entre la asistencia a las escuelas de Sopeña y la de los Hermanos de Terán, y las soledades de su oficio de sarruján o ayudante de pastor con que completaba la escasa economía familiar, con un padre que se va quedando ciego y al que a menudo acompaña como lazarillo. Será precisamente la enfermedad del padre la que obligue a la familia a trasladarse a Santander, lo que supone para él un desarraigo dramático que se reflejará en toda su obra.

Las penurias económicas de su familia hicieron que su asistencia a la escuela no fuera regular, pero ello no impidió que, desde niño, se aficionara a la lectura, seguramente en la biblioteca que poseía su madrina Teresa, hermana del escritor Delfín Fernández González. Esa afición sería potenciada por su padre, quien a pesar de las penalidades económicas le estimula hacia la lectura y le compraba libros con lo poco que consigue ahorrar: “unos libros maravillosos en mi criterio adolescente. Unos libros que iba comprando mi padre con la pobre cosecha cultivada todos los días, todos los calores, todos los fríos, con su regatón de ciego, con su tino prodigioso. “Las tardes de la granja”, “Los cuentos de Nesbit”, “Las veladas de la quinta”... eran mis devocionarios, señor. Eran el tabaco que debía haber fumado mi padre, el sacrificio, el amor, mil ganas de una cosa y no saciar esas ganas sencillas, pertinaces, para poder comprar unos libros al hijo.”

Ya en Santander, continúa sus estudios de manera irregular, matriculándose primero en Magisterio y luego en Náutica, aunque no finalizó ninguno de ellos por falta de medios económicos. Pero lo que no consiguió en títulos oficiales lo compensó con su gran afición a la lectura.

Manuel Llano

En 1918 Llano es contratado como maestro de escuela, a pesar de no tener título, en la escuela creada por una fundación de Helguera de Reocín, regentada por el párroco del pueblo, donde estuvo dos años. En esta época aparecen sus primeros escritos en los periódicos locales, colaboraciones que se sucederán a lo largo de los años siguientes. Pero la primera incursión literaria será en 1915, cuando un semanario de Torrelavega, “El Adalid”, habla de la representación teatral que tuvo lugar en el palacio de Carmona con motivo de las fiestas, y cuyos autores eran Manuel Llano y el profesor Jesús Varona. 

En 1921 comienza a colaborar habitualmente con el diario “El Pueblo Cántabro”, hasta su desaparición en el año 1927, entrando también en plantilla para aprender el oficio de corrector de pruebas, que se convertiría en su profesión habitual, fuera de sus ocupaciones literarias. En estas primeras colaboraciones periodísticas –que van a ser una constante en toda su obra- quizá estuviera ayudado por Delfín Fernández, que colaboraba en diversos periódicos. 

Tras desaparecer “El Pueblo Cántabro”, comienza a publicar en otro diario, “La Región”, durante dos años más, llegando a ser en 1928 jefe de redacción de este periódico. Sus artículos son relatos de la vida campesina que tan bien conoce, y pronto alcanzan popularidad, convirtiendo al autor en un afamado cuentista. 

En 1928 gana el concurso convocado por la sección de literatura del Ateneo de Santander sobre folklore montañés, con una obra titulada “Tablanca”, que publica en el Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, con el título de “Mitos y Leyendas Populares recogidos de la tradición oral”, que le reportaría muy buenas críticas.

Ese mismo año se representa “La Jila”, un cuadro folklórico, actividad que continuará durante los años siguientes en varias ciudades españolas, con obras como “Los Albarqueros”, “La Noche de los Laureles” o “La Vuelta de la Siega”, siempre con temas referidos a su niñez y a su vida en Cabuérniga, que  tanto añora a pesar de estar plenamente integrado en la vida santanderina.    

Mientras, no olvida su pasión por la lectura. En sus frecuentes visitas a las bibliotecas del Ateneo y la Menéndez Pelayo va completando su formación autodidacta. Gracias a ello, inicia su amistad con Miguel Artigas, director de la Biblioteca Menéndez Pelayo, y con José María de Cossío. Sus lecturas van desde los clásicos y modernos castellanos hasta los costumbristas regionales, tanto consagrados, caso de José María de Pereda o Concha Espina, como otros menos conocido pero preferidos por él: Alcalde del Río o su paisano Delfín Fernández.    

En 1929 se publica “El Sol de los Muertos”, donde reúne relatos que habían ido apareciendo por entregas en el diario La Región. Es una novela, cómo no, de costumbres montañesas, pero con el carácter y los defectos del folletín, que hicieron que el propio Llano la repudiara y no quisiera reconocerla como suya. A pesar de ello, el éxito fue grande, ya que en el mismo año 29 se hicieron dos ediciones de la obra.

Manuel Llano

Dos años más tarde, en 1931, publica su segundo libro, “Brañaflor”, prologado por su amigo Miguel Artigas. De nuevo es una colección de relatos, mitos y leyendas, donde ha ido vertiendo a modo de estampas sus experiencias de niño como sarruján, los retratos de los personajes que conoció en su infancia, pequeños cuentos que aparecerán en toda su obra. Decía Llano: “Yo siento la manía de conversar con los pastores, con los hombres de labranza, con los viejecitos rurales, con los pobrecitos niños que desenredan sus primeros pensamientos en las  brañas, en los seles, en las nieblas y resoles de las pastorías. Manías de rabeles, de bígaros, de zurrones rubios, de aperos, de ruecas, de jornadas de aldea... Estas cosas fueron las primeras que vieron mis ojos. El  alma se compenetró con ellas como el pintor con su paisaje... Este era mi mundo hace veinte años. Después me pusieron una blusa nueva y me trajeron a la ciudad. Con la ausencia creció el cariño hacia los ambientes de la infancia.”

El mismo año se publica en el Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo “Las Anjanas”, relatos que llegan a manos de Gerardo Diego, que queda vivamente impresionado por su lectura. Ambos, Llano y Gerardo Diego, iniciarán así una amistad que se prolongará hasta la muerte del escritor cabuérnigo.

Entretanto, continúa con sus colaboraciones en los medios escritos, primero en La Voz de Cantabria y luego como corrector de pruebas en Gráficas Aldus y en el periódico El Cantábrico, donde también colabora publicando una sección semanal titulada “Esbozos”.    

Su nueva obra va a ser “Campesinos en la Ciudad”, publicada en 1932, prologada por Víctor de la Serna, y donde mezcla los relatos con el ensayo, narrando sus propias experiencias de campesino en la ciudad. Y es que “¡Dichoso hombre que no se aparta de los parajes amados!”. 

En esa misma época inicia “El Azor de Peñablanca”, una novela por entregas para la revista “Cantabria” de Buenos Aires de la que sólo se conocen unos capítulos, entre ellos el que servirá de base para uno de los relatos de su siguiente obra, “Retablo Infantil”.

En 1934 aparecen dos nuevas obras suyas, “Rabel” y “La Braña”. José María de Cossío le entrega “Brañaflor” y “La Braña” a su amigo Miguel de Unamuno para que las lea. Éste queda impresionado, no sólo por la lectura, sino también por la personalidad de Llano cuando le conoce: “.... Me hizo leer Brañaflor y La Braña y quedé, no prendado, sino prendido, de esa obra. Y luego del autor, al conocerle y al mejer mi mirada con la mirada de Llano. Hacía tiempo que no había recibido yo una tan honda y entrañada impresión de un joven. ¿Joven?, no; mejor será decir de un niño, fuera cual fuese su edad. Un niño más maduro por experiencia de vida. Y yo un viejo aniñado ya.”

En 1935, Llano le pide un prólogo para la que va a ser una de sus mejores obras, “Retablo Infantil”, que fue acogida por la crítica con múltiples halagos. Es éste su gran momento creativo, quizás animado por su amistad con Unamuno, lo que se traduce en multitud de proyectos, aunque la mayoría de ellos no llegarían a ver la luz por la temprana muerte de su autor. Es el caso de la obra que se iba a llamar “Elogio de las cosas humildes” o la selección de su obra que quería hacer la editorial Espasa-Calpe.

Al estallar la Guerra Civil, Llano continúa con su labores habituales. Sigue trabajando en el diario “Alerta”, nuevo nombre de “El Cantábrico”, a la vez que sigue escribiendo sin compromisos políticos de ningún tipo. Es más, realiza una labor de ayuda a personas detenidas de uno y otro bando. Pero la realidad de la guerra le duele en el alma. Poco a poco, su anterior actitud hacia lo rural y tradicional cambia, preocupándose más por los problemas sociales del campo, preocupación que se traduce en un libro cuyo título lo dice todo, “Dolor de tierra verde”, que no llegó a acabar, el libro más poético de su vida, y quizá también el más humano y generoso. También escribe durante este tiempo “Monteazor”, subtitulado “Prenovela”, compuesto de fragmentos de artículos periodísticos. Pero el espíritu ya no es el mismo de sus obras anteriores, como él mismo reconoce cuando dice que esos “encuentros con las ideas buenas o zahareñas del mundo que gusté en mi infancia”, son ahora añorados “como despedida de una época que muere sin paz”.

Manuel Llano, poeta en prosa, falleció en la Nochevieja de 1937, de un infarto, sin haber cumplido los cuarenta años, y en plena madurez creadora. Citando de nuevo a Gerardo Diego: “Sufría en su carne todo el inmenso dolor ajeno, dolor de barro humano en tierra verde. A Manuel le mató la guerra”.

Su casa del Pasaje del Arcillero en Santander, que contenía sus cartas, sus libros, sus proyectos y la memoria de las visitas de personajes como un joven José Hierro, fue destruida por las llamas durante el incendio de Santander de febrero de 1941, y con ella buena parte de su memoria.

GERVASIO GÓNZÁLEZ DE LINARES

Una visión del mundo ganadero montañes

Gervasio González de Linares, nacido en Valle en 1834, fue hermano del gran naturalista Augusto González de Linares, cuya figura ha eclipsado tradicionalmente la importancia de su hermano mayor. Al contrario que Augusto, Gervasio no tuvo más estudios que los de la escuela de Valle, el lugar donde siempre vivió y del que no salió más que en contadas ocasiones, quizá por tener que asumir las responsabilidades de cabeza de familia al morir su padre, o quizá obligado por el problema mental que afectaba a varios de sus hermanos. Al ser el mayor, y careciendo su madre de dotes administrativas, se vio obligado a desempeñar el papel de administrador de los bienes familiares, intentando paliar las dificultades económicas que sufre la familia a lo largo de su vida.

De espíritu profundamente religioso y caritativo, a veces demasiado puritano y susceptible, destaca por un carácter intimista.

Su obra, marcada por su carácter y por su historia familiar, se caracteriza por el localismo y la falta de referencias bibliográficas. Pero la presencia de su hermano Augusto y sus relaciones con los principales personajes de la Institución Libre de Enseñanza hicieron que Gervasio no estuviera alejado de las nuevas corrientes de pensamiento de finales del siglo XIX, e incluso ellos le impulsaron a poner por escrito sus ideas. Llegó a ayudar a su hermano en su trabajo y le acompañó en alguno de sus viajes, como los realizados a  Marsella y Nápoles.

Gervasio González de Linares escribió exclusivamente sobre temas ganaderos y de organización administrativa municipal, relacionando siempre a esta con una base económica ganadera que él consideraba fundamental. El entorno de Cabuérniga, el lugar que mejor conocía y del que llegó a ser alcalde entre agosto de 1873 y abril de 1877, fue siempre el ámbito espacial de sus estudios y de sus proposiciones de actuación.

Fue precisamente su hermano Augusto quien le animó a escribir un trabajo sobre la historia municipal, basado en su experiencia como alcalde de Cabuérniga: “La Agricultura y la Administración Municipal”, publicada en 1882. Esta obra significó un avance para su tiempo por su estudio de los problemas políticos, económicos y administrativos en los que estaba sumido el mundo rural, animando a sus paisanos a participar activamente en la vida municipal. La obra fue comentada por Joaquín Costa en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, el cual solicitó su colaboración para una recopilación de materiales para el estudio del derecho municipal consuetudinario de España, obra que se publicaría en 1885.

Pero otro rasgo del carácter de Gervasio González de Linares era el preferir la acción a la palabra, llevar sus ideas a la práctica antes que difundirlas, motivo que precisamente le impulsaría a aceptar la alcaldía de Cabuérniga. Lo hace conforme a su ideario, no por partidismo ni privilegios de clase, unas ideas que refleja en un programa que hace público al comienzo de su mandato en 1873. Es el “Programa del Ayuntamiento del Valle de Cabuérniga (Santander) para el mejoramiento de su administración”, donde expone numerosas iniciativas de diverso signo. 

Estableció durante su mandato dos plazas de guardas municipales para la época de recogida de los frutos, a efectos de conseguir el máximo respeto de mieses y praderas, “sujetándose los ganados a un pastoreo severo”. 

Propuso además la creación de dos plazas más para atender los montes comunales, repoblando y acabando con los incendios y las talas furtivas, obteniendo así el ayuntamiento ganancias por la madera que hasta entonces se cortaba fraudulentamente.

Trató de controlar con la guardería la invasión de los ganados en los montes comunales, que hacía los pastos insuficientes y generaba problemas de salubridad en la cabaña. Su objetivo era conseguir un sobrante de pastos que “arrendados darán un ingreso de 16.000 a 20.000 reales para los pueblos”. Además pretendía, en esa declaración inicial de intenciones, exigir certificados expedidos por los alcaldes a todas las cabañas que entrasen en los términos de Cabuérniga, para que “traigan sólo el que legítimamente les pertenezca”.

En cuanto a los caminos, en muy mal estado, González de Linares propone establecer “un arbitrio de un real por cada cabeza de ganado” para arreglarlos, pudiendo así traer pienso barato desde Reinosa para alimentar al ganado “a pesebre”. Intuye la necesidad de una red de carreteras vecinales que complete a las provinciales, siguiendo los caminos existentes entonces, posibilitando el desarrollo de la industria y la creación de mercados de ganado de carácter mensual, siguiendo la idea del de Torrelavega, que acababa de establecerse.

En la mejora de los caminos también pretende conseguir prestaciones vecinales, al igual que para encauzar los ríos, arreglar los puentes y mejorar calles y plazas, nombrando para ello a “un práctico inteligente en esta clase de trabajos” que los dirija.

Para muchas de estas ideas era necesario la asociación de los tres ayuntamientos históricos del valle de Cabuérniga –Los Tojos, Ruente y Valle de Cabuérniga-, incluso invitar a todos los ayuntamientos de la zona occidental, desde Torrelavega a Reinosa.

Propone además organizar la administración municipal, creando un cargo fijo de Secretario, por oposición, y aumentando el personal del ayuntamiento para evitar “el abandono administrativo” en que se encuentra el  Ayuntamiento. También se buscará a una persona bajo la dirección de la Secretaría para hacer el amillaramiento de la riqueza urbana, rústica y pecuaria, tal como impone la ley.

Otra de sus reformas fue la creación de Juntas Administrativas en cada pueblo, que se ocuparan de la administración de los ingresos provenientes de los bienes comunales, teniendo acceso a cuentas cualquier vecino que lo solicite.

Ligado a la Institución Libre de Enseñanza, Gervasio también se preocupará por la educación,  intentando poner en marcha la Escuela Central de Cabuérniga que había sido construida unos años antes. Junto a ella, pretende crear viveros de diversas especies frutales que interese propagar en el valle, y que serán atendidos por los propios alumnos. En esta misma línea, pretendía que en cada pueblo se acondicionara un local donde los vecinos se reunieran, lo que él llama “casinos populares”, donde se impartieran conferencias por parte de personas ilustradas y donde hubiera pequeñas bibliotecas y acceso a los periódicos.

Igualmente se preocupó por la sanidad, intentando crear un hospital municipal, tras haber desaparecido el Hospital de Santa Catalina existente en Terán. Iniciativas todas de diferente signo que pretendían sacar a Cabuérniga del atraso en que se encontraba en aquellos años.

Sus ideas prácticas también las llevó a cabo en la fábrica harinera que había montado en Portolín, donde en quince años de actividad llevó a cabo grandes progresos, consecuencia del “examen constante de las fábricas que pudimos visitar, dándonos a la vez ocasión a conversar con sus directores y empleados inteligentes”. 

Las mismas ideas aparecen en su “Proyecto para establecer una casa-modelo de enseñanza teórica y práctica que promueva el desarrollo de la agricultura en la provincia de Santander”, que había publicado en 1866, y que contaba con el apoyo de Fermín Caballero, aunque debido a la revolución del 68 no pudo llevarse a cabo; y la memoria que apareció en 1880 sobre “Las exposiciones de ganado en la provincia de Santander”. O el informe que publicó en la Revista de España en febrero de 1885 sobre la mejora de las clases obreras. En 1878 había sido nombrado Correspondiente de la Academia de la Historia y también fue Comisario de Agricultura.

Su muerte se produce en Santander -donde vivía con su hermano tras el fallecimiento de su madre-, el 22 de noviembre de 1893, a consecuencia de una pulmonía contraída cuando socorría a las víctimas de la explosión del Cabo Machichaco, lo que da fe de su ideario de vida activa y comprometida con su tiempo.